DIEZ MI PIES

El amanecer divide la percepción en dos zonas de luz, una que nace desde la tierra hasta nuestros ojos y otra que parte desde estos hasta el foco emisor de energía que, paradojicamente nace desde abajo como un reflejo.
Así, la luz no nos llega desde arriba sino desde el punto más profundo, creando una zona de sombra desde el espejismo de la percepción, un fantasma razonado en la mente del propio observador, que le induce a creer que la contemplación del paisaje no concuerda con los primitivos relieves conocidos, generando en el individuo una sensación de asombro insatisfecho, definido en las lineas de la propia precariedad del elemento de juicio.

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