martes, 22 de junio de 2010

RAFA CORRECHER

IMPROVISADA CONVERSACION INVERNAL CON WARREN PENFIELD

a Ivan Brull Pons



No quiero hablar de oscuridad,
es una operación inacabada
en el papel vacio.

No soy ruina
de lo que ves,
el miedo ahora vive bajo límites
de juramento
en su distancia necesaria,
cambiando el acomodo de las cosas
que nunca nos dijimos.

De lo esperado qué puedo decir:
una sombra sin tierra
cuando desde la cama se percibe
el último sonido de la noche
y estoy hablándote
sobre las tramas de otras vidas,
figuras en un cuadro
suspendido
en la pared monótona,
bajo el punto de fuga
de una cuadrícula tan plana,
un infierno sin tiempo preñado de bondades,
a veces sólo sueños
entre los que no se camina
con los ojos cerrados.


jueves, 3 de junio de 2010

SOBRE EL HAIKU

El asombro no existe en el Haiku.


Y me refiero, no al hecho de que el haiku no celebre las manifestaciones de la naturaleza, cualquiera que sea su origen, sino al matiz que lo hace singular y diferente; la sencillez de una composición poética asimilando estos hechos objetivos y externos, magnificados en la forma de vida occidental, más pendiente del efecto que de la causa.

Así pues, el asombro es serenidad sin conclusión dentro de un universo de instantes en la construcción del haiku. Y su fin no es la certeza o la curiosidad ante las cosas, más bien lo es el hecho de formar parte de un todo ubicado en la superficie más próxima y consustancial, de la que nunca somos ajenos. Así, no construimos sobre lo que deseamos percibir o como dice Robert Hass “Somos lo que podemos imaginar” porque no existe un desdoblamiento o un sujeto interpuesto, sino que somos de verdad nosotros mismos, comunicados con el propio mundo, manteniendo en su devenir un equilibrio singular.

Las cosas están, son, no necesitan una explicación en sí mismas porque ya la tienen en su propia sustancia.

Recuerdo ahora en los versos de Alberto Caeiro una conexión entre el haiku y su poesía “Un día de lluvia es tan bello como un día de sol. Ambas cosas existen: cada una como es.

Porque en nuestra cotidianidad, nos asombramos de los prodigios de la naturaleza ya que le hemos dado la espalda y por este motivo, acostumbramos a teorizar sin detenernos en el silencio de la observación. En este sentido Jack Kerouac reinventa el Haiku, introduciendo en su confección elementos neutros como neveras, latas de mayonesa… o la música de jazz.

El trombón de jazz.

La cortina en movimiento.

Luna de primavera.


En definitiva, el haiku es como mirar sin vestir la mirada de sentimientos que desvirtúen el objeto y envuelvan su punto de fuga en una estancia íntima que preserve lo observado de cualquier interpretación de los sentidos. Una fuente potenciadora de la pureza del objeto, reconociendo nuestra presencia como meramente circunstancial, como tan bien expresa Salvatore Quasimodo en uno de sus poemas tocados por el hermético silencio del haiku:



Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra

traspasado por un rayo de sol:

y enseguida anochece.