HENRIK NORDBRANDT

Nuestro amor es como Bizancio 

Nuestro amor es como Bizancio 
tuvo que haber sido 
la última noche. Tuvo que haber habido 
me imagino
un resplandor en los rostros 
de los que se agolpaban en las calles 
o formaban pequeños grupos 
en las esquinas de las calles y en las plazas 
hablando en voz baja, 
un resplandor que tuvo que haberse parecido 
al que tiene tu cara 
cuando te echas el pelo hacia atrás 
y me miras. 

Me imagino que no hablarían 
mucho y solo de cosas 
bastante indiferentes, 
que tratarían de hablar 
y se detuvieron 
sin haber llegado a decir 
lo que querían 
y lo intentaron de nuevo 
y lo volvieron a dejar 
y se miraron mutuamente 
y bajaron la mirada.

Los iconos muy antiguos, por ejemplo 
tienen el mismo resplandor 
que el flamígero fulgor de una ciudad en llamas 
o el brillo que la muerte inminente 
deja en las fotografías de muertos prematuros 
en el recuerdo de los supervivientes. 

Cuando me vuelvo hacia ti 
en la cama, tengo la sensación 
de entrar en una iglesia 
que fue quemada 
hace mucho tiempo 
y donde solo ha quedado 
la oscuridad en los ojos de los iconos 
plenos de las llamas que los aniquilaron.




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