LUIS MUÑOZ

SIN TITULO

Viene la tarde igual que raspadura
de limón.
Con su tacto grumoso y su perfume
como de amor reciente.

Sólo esto que sabes que es de ahora
puede llegar a ti.
Lo que tiene la tarde
en su filo amarillo
y en su temblor de fruta
y aquello que se resta de la tarde.

Lo que incendia los vasos,
la raya estremecida que bordea la casa, 
que bordea la fuente de los sueños
y la comida seca sobre el mantel de anoche
y esa sustancia amarga,
como de uva negra,
que reclama a la luz un pacto oscuro.

La resta de otras tardes es la tarde.
Lo que ninguna tuvo,
la conjunción de humor y pelo
y sal y encías,
el ángulo de fe en cosas menudas,
la sugestión de ayer, de hace un instante,
tu brújula de afectos, el mapa desdoblado.

Miras la tarde y miras para adentro.
Un cráter sumergido en un agua viscosa.
En la reacción de cada cuerpo en ella,
de cada objeto mínimo empapado en su jugo,
está el mundo exterior.

Ésa es la tarde
o eso es lo que importa de la tarde.

Más allá del ahora y sus esclusas
todo es un barro.
Un barro figurado
o revivido,
compuesto, descompuesto.


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