RAFAEL COLOMA

I.

A medida que acortas distancias con ese andén donde ya no cabe la posibilidad de enlazar con nuevos trenes, adviertes que tu compañero de andanzas -aquel que has fraguado en la fantasía de un espejo- se va desdibujando de la escena. Y te preguntas con quién  hablarás, con quién pasearas el día que ese pálpito de mercurio no sea más que un paisaje sin figura. (No será fácil estar condenado al perpetuo recuento de monedas fuera de curso. Ni al dormir junto al silencioso gesto de los años, sin lágrimas para lamentar la ausencia de las palabras que a tu suerte abandonaste).

II.

TODAVÍA siento el tirón de aquellos ojos en un instante que estaba prohibido decir no. Me pregunto si valió la pena emprender aquella expedición condenada a naufragar en las invernizas soledades de un bosque de lobos y caminos cortados. (En esta hora de estrellas boca abajo e instantáneas derrotadas, compruebo que a determinadas obsesiones siempre les queda un nombre).










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