JOSÉ LUIS PARRA

Bar Aduana

Si, en verdad, la frontera de mis últimos 

años fuese tan plácida,
                                  qué consuelo sería
permanecer en ella largo tiempo,
ocioso y saludable.
¿Qué otra cosa podría decirme la felicidad de estar aquí, en este
bar, de nombre Aduana,
una mañana fúlgida de julio,
acogido a la sombra
de un formidable ficus centenario?

Ya extranjero en las dos orillas

acepto complacido esta pequeña patria provisoria.
Desde aquí miro el mar y aguardo la barcaza,
la alegre "golondrina" que me conducirá
al otro lado, más allá
del faro y la escollera, 
mientras vuelan gaviotas a lo lejos,
oscilan suavemente las esbeltas
embarcaciones de recreo
y el insondable cerco se apacigua.





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