WALLACE STEVENS



DOS CARTAS

I

Una carta de

Aun si hubiera habido una luna creciente
sobre todas las puntas de nubes de los cielos,
empapando el atardecer en luz de cristales,

uno habría querido más, más, más…:
un verdadero interior al que retornar,
un hogar contra uno mismo, una oscuridad,

una facilidad en que vivir la vida de un momento,
el amor y la fortuna del momento de vida,
libre de todo lo demás, libre ante todo del pensamiento.

Habría sido como encender una candela,
como apoyarse en una mesa, resguardándose los ojos,
y oír el relato que uno tanto quería oír,

como si todos estuviéramos sentados juntos otra vez
y hablara uno de nosotros y creyéramos todos
lo que oímos y la luz, aunque poca, fuera bastante.


II

Una carta a

Ella quería un día de fiesta,
con alguien para hablar su dulzada lengua materna,

en las sombras de un bosque…,
sombras, bosques…, y en el habla los dos,

en un secreto de palabras
abiertas por completo dentro de un secreto lugar,

sin tener que ver con el amor.
Ese día una tierra la tendría en sus brazos

o alguna cosa muy parecida a una tierra.
Ya no estaría el círculo roto sino cerrado.

Las millas de distancia que apartaban
de toda cosa acabarían. Se juntaría todo.

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