CÉSAR SIMÓN

UN DÍA OCULTO

Hoy es un día oculto de tu vida.
Nadie te espera. Y a nadie has convocado.
Tomas asiento en el sofá, con el libro de turno, para subrayar.
Todos los comienzos de libro te sugestionan;
quisieras, inmediatamente, comenzar a escribir lo mismo.
Pronto lo cierras, sin embargo.
Te atraen, irresistibles, los balcones
-una panorámica ciudadana cualquiera
y un espacio de cielo invernal, anodino y gris-,
inclinación que ignoras si responde a una indolencia innata,
a una resistencia a la concentración mantenida,
o a una vocación más oculta
¿Cuántas novelas, cuántos libros de ensayo o poesía,
que nunca has concluido?
No es un día cualquiera, sin embargo.
Te sientes alto.
Sientes la gravedad irreductible
que es la esencia más honda de la vida.
En esto has trabajado sin descanso,
sí, sin descanso, con la vocación más intensa,
a jornada absolutamente completa.
Estar aquí sentado no es inútil.
Sentado o paseando es gravitar,
lograr una mirada a la vez desenfocada y dispersa,
atónita y circunfleja,
y una mueca ni alegre ni sombría.
Sabes que todo pasa,
que nadie entiende nada, sumergido
en lo que apenas entrevemos,
el nunca que traduce lo inasible,
lo excesivo del propio universo,
el universo que sobrepasa a sí mismo y se ignora a sí mismo,
como una ballena dormida en la plenitud del océano.
Late tu carne silenciosa,
percibes su sabor,
sigues en el silencio meditando.
¿Qué ocupación es esta?
¿Qué vocación es esta de sentirse en lo alto?


Contemplar el mundo,
contemplador con algo mucho más allá que el placer,
pues tu mirada no posee esa entidad resbaladiza y delectante
de los que todo lo cifran, empequeñeciéndolo, en sufrir y gozar.
No, cuando estás sentado ya no gozas ni sufres
-aunque aquí, sobre este mismo sofá, has temido muchas
veces la muerte
o has brindado por lo pequeños éxitos personales de tu
existencia-;
es mucho más que eso, hay en la vida mucho más que placer,
es una fiebre sin temperatura,
una sensación encumbrada y hermética, solitaria y distante,
acorde con lo impalpable de los días,
que llenan nuestras horas de delicadeza, verdad y plenitud,
que son como nuestro gran tesoro escondido, nuestra propia
sombra,
pero que no consisten en nada, fundamentalmente.
Estar alto es ser mundo en el nivel que fluye,
en el nivel que pasa,
los cielos grises y los grises espacios invernales.

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