EUGENIO MONTEJO



Elegía a la muerte de mi hermano Ricardo

Mi hermano ha muerto, sus huesos yacen
caídos en el polvo. Sin ojos con qué llorar,
me habla triste, se sienta en su muerte
y me abraza con su llanto sepultado.

Mi hermano, el rey Ricardo, murió una mañana
en un hospital de ciudad, víctima
de su corazón que trajo a la vida
fatales dolencias de familia.

Mi madre estuvo una semana muerta junto a él
y regreso con sus ojos apaleados
para mirarme de frente. Aún hay tierra
y llanto de Ricardo en sus ojos.

Perdía voz –dijo mi hermana, tenía febricitancia
de elegido y nos miraba con tanta compasión
que lloramos hasta su última madrugada.
Mama es más pobre ahora, mucho más pobre.

Mi familia lo cercó. Él nos amaba
con la nariz taponada de algodones.
todos éramos piedras y mirábamos
un río que comenzaba a pasar.

Lo llevaron alzado como un ave de augurios
y lo sembraron en la tierra amorosa
donde la muerte cuida a los jóvenes.
Cuando bajó, sollozaba profundo.

El rey Ricardo está muerto. Sus pasos
de oro amargo resuenan en su sangre
donde caminan con fragor de tormenta.
Su nombre estalla en mi boca como luz.

Todos lo amamos, mi madre más que todos,
y en su vientre nos reunimos en un llanto compacto:
desde allí conversamos, como las piedras,
con un río que comienza a pasar.

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