UN ACERCAMIENTO A LA OBRA POÉTICA DE ADA SALAS

Decía el filósofo Gastón Bachelard que “sólo se posee el mundo cuanta mayor habilidad se tenga para miniaturizarlo, y que se debe rebasar la lógica para vivir lo esencial escondido dentro de lo pequeño”.

Ada Salas conoce, y utilizo ahora sus palabras, que “la escritura del poema nace de un deseo de deslumbramiento y afirmación propios, de una infinita curiosidad, de un deseo infinito. No es nunca una respuesta, es siempre una pregunta”.

Ada traza un itinerario que es BUSQUEDA CONTINUA, espera y alumbramiento poético de esa otra realidad personal de la que hablaba Baudelaire cuando enunciaba que “yo es otro”.

“Quisiéramos una certeza” escribe Giuseppe Ungaretti en uno de sus versos. Tal vez la poesía sea eso, tocar esas pequeñas luces en la superficie de las cosas, aunque sea, tan sólo, con la punta de los dedos de una infinidad de preguntas que alientan en los versos que leemos, en la obra de determinados poetas que nos sacuden de la rigidez o la excesiva felicidad del lenguaje, de la anécdota circunstancial o del mero accidente subjetivo.

Por ello, Ada Salas transforma su trabajo en tensión y guardia poética, teorización del desdoblamiento, ya que cuando escribimos, somos “otro” y la poesía construye esa dimensión, ese abandono hacia lo errante.

Ella sabe que la palabra es un bien escaso, necesario, de un valor incalculable. Esa fue la percepción que tuve cuando llego a mis manos, en el año 2003, su libro “Lugar de la derrota”. No exagero lo más mínimo si os digo que aquél libro fue para mí un verdadero descubrimiento, un puñado de versos, no demasiados, exactamente 341 y algunos de ellos, muchos, limitados a una sola palabra que adquiría importancia sustancial en el desarrollo del poema.

Juzgad por vosotros mismos:

Y para qué esta herida

esta abertura umbilical
por donde entra y sale
la claridad del mundo

si no me quedan nombres
ya

de tanta transparencia.

Fue el tratamiento del espacio en blanco, del silencio entre versos, el hallazgo en la palabra solitaria perfectamente situada en el poema, en el punto exacto, la sobriedad y sencillez, la depuración del lenguaje, el enorme trabajo que significa encontrar la palabra justa, medida… ¿sabéis el esfuerzo tan arduo, la dificultad que entraña este empeño?.

La escritura poética necesita plantear alternativas y entablar un diálogo con otros poetas, con sus silencios y revelaciones, con sus hallazgos pero también con sus temores e indecisiones porque, como bien decía Eugenio Montale: “El lenguaje de un poeta es un lenguaje historicizado, una orrespondencia. Tiene valor en cuanto se opone o se diferencia de otros lenguajes.”

Y traigo a colación esta cita porque gracias a Ada conocí el trabajo de José Ángel Valente, mentor y amigo de nuestra poeta.

Fue una cadena que,  como digo me llevo de Ada a José Ángel Valente y de Valente a mis queridos herméticos Quasimodo, Ungaretti y Montale.
Fijaos pues el detonante que supuso para mí conocer a Ada Salas, por ello le estaré eternamente agradecido.

Después, otro feliz encuentro con la obra de Ada, esta vez en forma de notas, “Alguien aquí: notas acerca de la escritura poética”. Se trata de reflexiones dispersas, meditaciones sobre lo escrito en su poesía, anotaciones tomadas en cuadernos de forma paralela a la escritura y que posteriormente se convirtieron en libro, para, en palabras de Ada “ayudarme a dilucidar qué me traía entre manos.

En sus páginas encontré cuestiones relativas a la creación poética, el proceso, su significación, la incertidumbre y la duda, de cómo escuchar el sonido, de la necesidad del silencio, de la imperfección del poema, de la belleza de su ininteligibilidad, de la necesidad de escribir, de la desposesión del poema que anula al autor y se impone a él hasta borrarlo, palabras que después encontré también en unos versos del nobel de literatura Tomas Transtromer que permitidme  reproduzca aquí:

  
Fantástico sentir como el poema crece
mientras voy encogiéndome.
Crece, ocupa mi lugar.
Me desplaza.
Me arroja del nido.
El poema está listo.


En la lectura de “Alguien aquí” diré que, finalmente, pude reconocer a un igual que peleaba como yo con las palabras y que tenía los mismos temores e inseguridades a la hora de comenzar a escribir.
Después, en 2007 llegaría a mi biblioteca un nuevo amigo “Esto no es silencio”  y sus poemas, más extensos quizás pero igualmente fieles a la trayectoria de Ada:

un discurso continuo/emana de las cosas/
universal, sin apariencia, inaudible…

en sus versos, el paisaje que me recordaba los versos de José Ángel Valente, ”cruzo un desierto y su secreta desolación sin nombre”.
También el deseo de claridad y de nuevo el asombro, el ruego y la importancia de la palabra que no se puede malgastar, que no se puede pronunciar en vano, un raro animal que a veces rezuma impotencia, incapaz de abarcar sentimientos, cuerpo deformable, vencido por el ácido de una lágrima, del dolor, como en este magnífico poema:

Leo a Caeiro y Caeiro me enseña
de nuevo
lo que olvido. No importa de qué hablen
estos versos. Importan estas lágrimas
tan torpes
que primero deforman las palabras
después mojan despacio
las mejillas
un poco sin destino. Y no importa
por qué. Debe ser el efecto
de la condensación. De no sé qué contraste
entre el calor y el frío
porque algo semejante le ocurre
a la ventana.
Si toco
con el dedo
cae
una gota que abre un pequeño
camino

de claridad y asombro.

Y ahora, en mis manos, el último poemario de Ada Salas: “Limbo y otros poemas”, difícil, exigente, donde todo está medido, versos en ocasiones de 1 sola palabra, característica de Ada, fragmentaciones, encabalgamientos del imparisílabo, espacios en blanco, elocuencia de los silencios. No sobra ninguna palabra, no faltan, ESTÁN LAS JUSTAS, LAS ESENCIALES. Todo medido aquí, en estas páginas y también alusiones, otra vez, a la insuficiencia del lenguaje en estos versos:

El muro/ en que viene a parar todo lenguaje

o en estos otros:

“No/ el dolor no se puede contar. El dolor es abstracto-incontable/

Fiel a si mi misma, Ada Salas, ajena a modas y veleidades, porque la poesía es poesía, no se etiqueta el silencio, tampoco el buen hacer y la honestidad de esta mujer para con sus lectores.

Quisiera terminar esta presentación con unas acertadísimas palabras extraídas del ensayo “el espacio literario” de Maurice Blanchot:

“El poema no es esa palabra, es comienzo, y la palabra no comienza nunca, pero siempre dice otra vez y siempre vuelve a comenzar. Sin embargo, el poeta es el que escuchó esa palabra, el que se convirtió en la unión, en el mediador, el que le impuso silencio pronunciándola.




Librería Ramón Llull, Valencia, 30 de mayo de 2014


Rafa Correcher





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