domingo, 2 de noviembre de 2014

IMAN MERSAL

CELEBRACIÓN

Se cayó el hilo de la narración al suelo, y me arrodillé para buscarlo. Allí había una celebración nacional, y yo no veía más que zapatos importados y botas militares. 
En el asiento de un tren una mujer afgana que nunca había visto Afganistán me dijo, “La victoria es posible”, en un persona que parecía que hubiera salido de un libro escolar o lo hubiera tomado de un armario cuyo dueño murió en el fuego. Hubiera deseado preguntarle ese día, ¿Es esto una profecía? Pero ella parecía tartamudear.
Supongamos que el pueblo llega, en masa, a la plaza, y que pueblo no es una palabra fea. Supongamos que no supiéramos el significado de la expresión en masa, entonces, ¿cómo han aparecido todos estos perros policía aquí? ¿quién los cubrió con caretas de colores partidistas? Y lo más importante, ¿dónde cayó el hilo que separa las banderas de la ropa interior, las melodías de los lamentos, a Dios de sus criaturas, que caminan por la Tierra para pagar sus impuestos?
La celebración, como si nunca antes hubiera pronunciado esta palabra, como si saliera de repente de un diccionario griego, donde familias espartanas vuelven victoriosas a Esparta, cuando la sangre de los persas aún no se ha secado de los escudos y las lanzas.

Es posible que no existiese el tren ni la profecía, ni la afgana que se sentó frente a mí durante dos horas, ya que de vez en cuando Dios engaña la memoria de sus criaturas para entretenerse. Pero lo más seguro es que desde donde estoy, entre los zapatos y las botas militares, no sepa con exactitud quién vencerá sobre quién.


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