miércoles, 30 de diciembre de 2015

ANDRÉS NAVARRO

DEL ANONIMATO

I.

Misa de ocho en provincias, los feligreses
ordenadamente cooperan. El sol da en las lunas
de los escaparates y un palmípedo
paraguas
curva el viento que inclina las palmeras hacia el Sur.

El alumbrado: mi sombra natural,
mi sombra eléctrica. Es la hora buena.

En una reunión de pocas personas
tarareo la fiebre como una enferma
de Bergman: tranquilícese, el vértigo es normal...

Un flash. Un tejido que ondea. Jardineras
con prímulas. Ahora las estudiantes
me miran
con buenos ojos
para ser dibujados por un aprendiz
de tragasables... ¿Son 

los mentideros del alma
inteligencia?

He hablado mucho y mal, aunque traigo
la tos memorizada, las manos frías,
el corazón contento
y babas de madera de tabaco
por todas partes.


II.

Observo al público cambiar
el aire de lugar con un aplauso.

Soy entre ellos un embrión
de gusano estético, un niño a punto
de levantar un objeto demasiado grande
o de entrar en sus vidas como un aerolito
y cantarles
sus hazañas
dentro. Vuestro podio es confortable
pero no necesito saber con precisión
dónde termina el poema
y empieza la manzana
sino volver a casa y encontrar un mensaje
en la cocina: Llegué ayer del Sur, ¿en qué andas? 

"Un huésped panorámico" XXXVI Premio de Poesía Ciudad de Burgos DVD EDICIONES














sábado, 19 de diciembre de 2015

SHARON OLDS

EL OJO

Mi malvado abuelo no nos alimentaba.
Nos apagaba la luz cuando queríamos leer.
Se sentaba en el cuarto invisible solo
frente a la chimenea, y bebía. Murió
cuanto tenía yo siete años, y la yaya nunca se había
aliado con nadie en su contra,
la luz de la llama sobre su rostro frío y sanguíneo
aumentaba el reflejo en el ojo de cristal.
Hoy pensé en ese ojo de cristal,
y cómo por las noches en la cama de matrimonio
dormía de cara a su esposa, y cómo el hueco
inane, donde había estado el ojo, se abría
hacia ella en la almohada, y cómo yo soy
una fracción de él, un hombre brutal con un
agujero por ojo, y una fracción de ella,
una mujer incapaz de proteger a nadie. Soy el
sexo de ellos, también, su hijo, su cama, y
la trampilla de la bodega debajo de su
cama con cubas de manzanas nuevas, y 
en algún lugar en mí también está el sendero
que baja hasta el arroyo y brilla en la oscuridad, una
forma de salir de allí.


de "Los muertos y los vivos" Bartleby Editores 2006





miércoles, 16 de diciembre de 2015

RAFA CORRECHER

Maltrato

Hay sangre todavía
debajo de una lágrima,

ladrillos que se agrietan por los golpes,

espacios desplazándose
que acotan un camino de regreso,

peldaños iniciales,

ciudad reconstruida
de peces y derrotas.





sábado, 12 de diciembre de 2015

FRANCISCO GÁLVEZ

El paseante

1
Salir de mí,
ir hacia los otros,
amanece y el aire aún es limpio,
sencillamente fresco.
Conforme avanzo el sol
se deja notar más,
no interviene en mi camino,
pero está ahí, entre mis pasos:

voy hacia los otros,
dejo atrás la música primera
de los pájaros,
y se incorporan señales
de un mundo elegido
y al mismo tiempo rehusado;

no llego a conclusiones,
no dejo hacer al pensamiento,
no niego, separo
el interior del exterior,
elijo la ola y la espuma,
el tono de ruido,
el momento del viento;

ahora que estoy afuera
pero voy por dentro.

De "El paseante" Hiperión. Madrid, 2005


miércoles, 2 de diciembre de 2015

ROSARIO RARO LÓPEZ

Carretera da Boca do Inferno

Cuando Antero Guimaraes rondaba los cincuenta años se aficionó al esoterismo. Esta curiosidad súbita le hizo el favor ingente de sacarlo un poco de sí mismo y aligerarle la rutina cotidiana de su trabajo en el Servicio Nacional de Aduanas de Portugal. Él mismo, sin la colaboración de ninguna escuela ni mentor, se otorgó el título de doctor en Astrología. Lo grabó en una placa dorada que colocó a la entrada del portal de su edificio y se sentó a esperar.

Al principio, dibujar las cartas astrales de sus amores imposibles o inventarles una vida sobre el tarot a sus vecinos fue sólo un juego, una distracción sin mayor trascendencia salvo que le hizo reparar en los otros; en las vidas de alrededor, tan pequeñas como la suya. Observaba sus reacciones y biografías con la avidez de un entomólogo. Y sus tardes ya no estaban vacías sino compartidas entre cafés. Escuchaba los deseos de los demás e intentaba convertirlos en realidades mediante la orientación de su ciencia recién inaugurada. Entonces no sospechaba que los nuevos saberes le abocarían a encontrarse en circunstancias nunca imaginadas.

Sus visitantes peregrinaban hasta él sin conocer nada más que su nombre. Sólo aceptó regalos, nunca cobró honorarios por su buena fe y en esto pesaba más su vena filantrópica que el temor al fisco.

Uno de sus momentos preferidos de cada mes era la llegada del ejemplar de Orfeo; la revista especializada a la que se suscribió y que analizaba al milímetro. Gozaba descubriendo detalles insustanciales en sus pocas fotografías o en las notas a pie de página que parecían escritas para pulgas. En una de sus atentas y metódicas sesiones de lectura descubrió una errata en un artículo que publicaba Aleister Crowley, el conocido ocultista inglés, sobre un horóscopo que se trazó a si mismo. A la luz de su sabiduría incipiente, a Antero le pareció que los parámetros estaban mal establecidos. Inmediatamente le hizo llegar una carta a través del editor londinense de Orfeo, para advertirle de las inexactitudes. Con esto consideró que todo quedaría en su lugar.

Pero lo cierto es que pasadas unas semanas no se sintió, ni mucho menos, complacido cuando recibió la contestación de Aleister Crowley. Éste le daba la razón pero además le proponía continuar con el intercambio epistolar. Aunque le halagaba poder escribirse con alguien tan famoso, Antero recelaba de Crowley porque practicaba la magia negra o demoníaca. Lo llenaba de terror pensar en este tipo de prácticas y en sus consecuencias. Desde el principio Antero se hizo el propósito de eliminar de sus quehaceres cualquier derrotero maléfico. Sus pesquisas por los caminos herméticos siempre deberían conducirle a aumentar su espiritualidad y no a depravarse.

De todas formas no estaba obligado a mantener ningún contacto personal con él. Era pronto pero en unas semanas podría advertirle de sus límites.
Muchas veces en el inadecuado paisaje de su despacho del Servicio Nacional de Aduanas releía las cartas de Crowley. Intentaba vislumbrar a través de las palabras, oscuras intenciones. Pero cuando aquellas líneas desaparecían de su vista la existencia del inglés se volvía increíble, quedaba en un territorio limítrofe con la realidad. Las guardaba junto con los números de Orfeo como un apartado más de su colección de literatura esotérica.
Hasta que en la última Aleister Crowley le anunció que aprovecharía una visita laboral a Portugal para conocer a su “estimado amigo lusitano”. Parecía decidido y a Antero no se le ocurría ninguna excusa coherente para evitar el encuentro. El pánico le paralizó la imaginación.

Aficionado a la economía en la medida en que su puesto se lo exigía, Antero tuvo noticias del escándalo financiero que supuso la quiebra de Mandrake Press. Editorial londinense que casualmente publicaba los libros de ocultismo de Aleister Crowley. Esto le hizo suponer que quizás el verdadero motivo “laboral” por el que viajaba a Portugal no era otro que ponerse a salvo de la catástrofe desencadenada por el hundimiento de la casa editora.

La visita tal vez no fuera más que un mero divertimento para Crowley. Esto inquietaba a Antero hasta el punto de que hubiera preferido su ingratitud sobre el asunto del zodiaco. Su solicitud anglosajona en todo momento y la frecuencia de sus cartas le hicieron albergar terribles sospechas.  

El caso es que sin pretenderlo en lo más mínimo, en aquel año de 1930 Antero jugó un relevante -aunque secreto- papel durante el episodio novelesco en que se convirtió la extraña estancia del inglés en Lisboa. Cuando Crowley se encontraba en uno de los momentos más críticos de su vida: arruinado y deseoso de iniciar un proceso de divorcio cuanto antes que lo librara de una esposa a la que sentía desde hacía varias décadas como un lastre heredado de su pasado anónimo.

A pesar de que Antero no contestó a sus intenciones y pretextó un viaje precipitado a Madeira, a los pocos días entrevió por las rendijas del buzón la inconfundible caligrafía negra y decidida que le informaba de la fecha de llegada de su barco. Tal vez las dotes adivinatorias de Crowley no eran del todo leyenda y sabía que le mentía.

Antero deseó vehementemente que su visitante no pudiese acercarse a él de ninguna manera. Y lo intentó; mandó un telegrama al puerto de Vigo denegándole al vapor Alcántara el permiso para atracar en el muelle de Lisboa. Alegó que los dársenas estaban desbordados y era imposible el almacenamiento de su carga. Fortaleció la excusa con su firma. Al Alcántara no le quedaría otra alternativa que zarpar rumbo a Costa de Marfil, sin detenerse en Portugal. De lo contrario su cargamento le sería decomisado. La amenaza fue efectiva para desviar al barco de las costas portuguesas.

Pero Aleister Crowley llegó: el 1 de septiembre el Vasconcelos arribó al puerto de la Roca del Conde de Obidos. Una espesa niebla, insólita en aquella época, que había caído súbitamente sobre Finisterre, lo retuvo en Vigo cuando iba a largar.  Por petición expresa de su capitán, se hizo cargo de los pasajeros del otro vapor que tenían como destino Lisboa.

Desde la ventana de su oficina, Antero observaba con indiferencia como descendía el pasaje del Vasconcelos. En el puerto no había ni rastro del Alcántara. Se sorprendió de la inusitada habilidad con que desvió el inconveniente. La travesura, primera y única en su vida, no tendría ninguna consecuencia importante para el Servicio Nacional de Aduanas.

Pero de repente su ánimo se alborotó cuando escuchó una imprecación en inglés. Ya en tierra, y envuelto por el frío vio avanzar a un hombre extraordinariamente alto, de anchas espaldas, envuelto en una capa negra. Sus ojos eran al mismo tiempo maliciosos y seductores. Con una sonrisa radiante y poderosa, Crowley agradecía al cielo el favor de enviarle la niebla. Lo acompañaba su amante de turno, una alemana que constaba en el registro con el nombre de Leni Blumenstal. En la misma tarjeta de inmigración anotaron que se hospedarían en un antiguo hotel de La Alfama.

La tarde siguiente, Antero recibió un telegrama. Crowley le contaba sobre su retraso lo que él ya sabía y lo citaba en una céntrica cafetería. De nuevo se vio acorralado. Ingenuamente había firmado el acuse de recibo por lo que no le quedaba otra alternativa que acudir a su encuentro.

Pese a sus temores todo resultó mucho mejor de lo que esperaba. Crowley era afable, educado y un magnífico conversador. Sus anécdotas eran chispeantes y entrañables a la vez. Le sorprendió su humanidad, su trato amable con todos, su sosiego, la sabiduría que desprendían sus gestos, su capacidad casi infantil para ilusionarse. No sólo los unía el esoterismo.

Sorprendentemente, era Antero quien provocaba que los encuentros se celebraran con asiduidad. En cuanto bajó la guardia y olvidó sus recelos, disfrutó mucho con su compañía.

Una tarde que llegó con bastante anticipación a la cita de la cafetería Odeón conversó con el recepcionista sobre su nuevo amigo inglés. Pidió al camarero un Campari y se entretuvo ojeando Noticias Ilustrado. Nada nuevo, salvo una nota pintoresca sobre el hallazgo de un ahogado con los ojos abiertos entre las redes de un pescador en el acantilado de la Boca do Inferno en Cascais, ciudad marítima próxima a Lisboa. Eran apenas diez líneas, una noticia difusa en espera de la identificación del cadáver y sus objetos personales: una carta y una pitillera. Mientras estaba distraído con estos detalles apareció Crowley exultante: vestía un traje nuevo, sin duda confeccionado a medida porque el corte era impecable, el chaleco tenía los botones de nácar. Dejó sobre la mesa varios libros de poesía portuguesa que acababa de comprar, y le recitó entre carcajadas y de forma muy teatral un par de octavas de Os Lusiadas. Bebieron hasta que el atardecer se volvió dorado y rotundo. Y en aquellos instantes Antero tuvo la revelación de que nunca podría prescindir de la vitalidad de Crowley, mientras éste le decía que debían despedirse, de momento, porque se sentía celoso de la distancia entre su boca y los labios de Leni que ya se hallaría ataviada como una emperatriz esperándolo en la habitación. Los versos recién encontrados impregnaron la expresión del inglés con ciertos matices muy portugueses.

Se estrecharon las manos, Crowley lo acercó y le palmeó la espalda con generosa sinceridad.

Cada jornada, en el mismo recuadro, de la misma página del periódico la historia del ahogado se ampliaba con nuevos datos. A Antero, le gustó el texto de la carta que se encontró junto al cadáver: “No puedo vivir sin ti. La otra Boca do Inferno me agarrará, no será tan caliente como la tuya”. El tono delirante tenía cierto encanto, a pesar de que a primera vista parecía una declaración de amor, unas líneas escritas a una mujer.

Una mañana, mientras Antero se entretenía cavilando sobre el caso del misterioso suicida, sonó el teléfono y se encontró con la voz angustiada y de inconfundible acento germano de Leni Blumenstal que le solicitaba su ayuda para localizar a Aleister Crowley. El recepcionista no lo había visto atravesar la puerta giratoria del vestíbulo del hotel de La Alfama, desde la tarde en que se había encontrado con Antero. Pero lo cierto es que su amante no aparecía. Antero comprobó en los registros que el ocultista no había cruzado la frontera. Pero fue inútil cuánto hizo la policía por dar con él, una vez que Leni Blumenstal denunció la desaparición.

Junto con la desazón que le producía pensar en la suerte que habría corrido su amigo, Antero tenía ocupada la mente también con el paisaje paralelo de la Carretera de la Boca do Inferno en Cascais. La noticia de un ahogado desconocido era exótica dentro de la pequeña comunidad de pescadores. En un rastreo minucioso la policía encontró otra carta entre unos matorrales que contenía también su documentación.

“Hoy día 7 de octubre, el último día de mi vida en éste mundo y en espera de la nueva llamada ultraterrena para renacer, te escribo las palabras que no anegará el océano. Esto es lo que nunca te dije pero que no va a esfumarse conmigo. Mil vidas repetidas persiguieron ésta clave y en todas se alzó el reino del fracaso”.

A continuación seguía un extraño código escrito en caracteres alfanuméricos y evidentemente indescifrables para la policía.

No necesitó leer los datos personales porque conocía demasiado bien el estilo. Un sudor congelado comenzó a mojar el pavor desconocido que envolvió a Antero. Reconoció el rostro de la fotografía y se abalanzó con un salvajismo inédito sobre las páginas centrales donde se reproducía el mensaje completo. La clave misteriosa no le intrigó nada, seguro de que en unos cuantos ratos de estudio sería capaz de aclarar su sentido. Pero algo lo desconcertaba terriblemente. Abrió con furia su agenda. Aleister Crowley murió el siete de octubre, instantes después de escribir aquellas líneas absurdas, muy en su estilo hermético que ocultaba un vacío enorme.

Antero tuvo que sentarse, las piernas no le sostenían. En una especie de delirio frenético le vino a la cabeza la cafetería del hotel Odeón donde tuvieron lugar todos sus encuentros, las vidrieras mitológicas, las carcajadas compartidas con él, el recato o la timidez de Leni Blumental tomando un licor azul detrás de una cortina de cuentas de cristal, siempre a distancia, sólo cerca del inglés en la habitación del hotel. La barra de azulejos, las cuantiosas propinas de aquel arruinado que se negaba a serlo. Todo enmarcado por los espléndidos y amarillos atardeceres de fuego del barrio de La Alfama sin más horizonte que el Atlántico y las costas de Brasil.

Bajo los ojos de Antero, sobre la mesa de su despacho del Servicio Nacional de Aduanas, su agenda revelaba certera la fecha de su último encuentro con Aleister Crowley: 10 de octubre de 1930.

Mientras el juez ordenaba el levantamiento y los periodistas lo fotografiaban con sus cámaras enormes Antero lo tenía sentado frente a él en la cafetería del hotel Odeón, recitando octavas y riendo a carcajadas con su traje nuevo de botones de nácar. Aquella misma tarde, en la que con el sabor del Campari en los labios ya leyó la noticia difusa del ahogado de identidad desconocida mientras esperaba la llegada de Crowley.

Por el cariz de la nota la policía pensó en un suicidio pasional. Aunque esta posibilidad aplicada a él se volvía insólita ya que en multitud de ocasiones había declarado que él amor no era más que una bagatela y un entretenimiento. Aleister Crowley nunca amó a nadie. Convencido de su inmortalidad le parecía una incoherencia prestar una atención que fuera más allá de lo puramente carnal a nadie.  

Se planteó también la hipótesis de un crimen; pero el inglés no tenía enemigos en Portugal. Sólo un amigo, pero de esta relación sólo sabían las cartas que Antero guardaba bajo siete llaves en espera de poder quemarlas en la mejor oportunidad. La ruina de la editorial Mandrake Press tan sólo había afectado de forma irreversible a su socio, un octogenario tan falto de energía y de voluntad que solo se desempeñaba como garante de las publicaciones. Incapaz de maquinar un asesinato, sin las fuerzas suficientes siquiera como para buscar un autor material. Esta vía de investigación también fue descartada pronto.

En último lugar se optó por creer en una simulación urdida por el ocultista. El periodista Itamar Camoens fue el primero en dar pábulo a ésta teoría. Contó en un reportaje aparecido en Noticias Ilustrado que Crowley predestinado a vivir varias vidas había comenzado su hazaña ya en la tierra inventándose las más variadas identidades y haciéndose pasar por multitud de personajes en ocasiones anteriores. Remataba el artículo diciendo: “Todos llevamos muchedumbres dentro de nosotros”. Lapidario punto y final que contentó a todos, aunque no esclareció nada sobre su muerte.  Daba algunas notas pintorescas sobre su biografía pero la historia de los últimos momentos en la carretera de la Boca do Inferno quedaba sin resolver. De todas formas, el caso se dio por cerrado sin que esto importara lo más mínimo.


Antero comprobó en las fichas de la policía de Aduanas que la amante alemana de Crowley, tal como él esperaba, había emprendido el viaje de regreso tras haber sido requerida por la policía para identificar la pitillera y dejar constancia de que la carta respondía a su caligrafía. Seguramente desconsolada por la pérdida de alguien tan singular. Pero sin referir una sola palabra sobre Antero Guimaraes, tal vez porque sus encuentros nunca los juzgó relevantes. Nadie se ocupó tampoco del recepcionista, ni de averigüar si el empleado del hotel había caído en la cuenta de que el mismo hombre ahogado en Cascais traspasaba elegantemente el umbral giratorio del vestíbulo a los tres días de su muerte. Eliminada la posibilidad de que estos dos testigos añadieran cualquier información de última hora, Antero decidió borrar de su vida cualquier detalle que diera cuenta de su relación con el inglés. Si ésta llegaba a hacerse pública se desataría el escándalo. La implicación en el caso del jefe del Servicio Nacional de Aduanas daría alas a todo tipo de especulaciones, interrogatorios, acusaciones de falsificar partes o incluso contrabando. Cambiar las fechas de atraque de los barcos era uno de los recursos comunes entre los funcionarios corruptos para poder descargar mercancías sin vigilancia, antes de que la llegada oficial de los cargueros se produjese. Evidentemente Antero estaba fuera de toda culpa. En sus largos años de dedicación ejemplar tan sólo desvió de su ruta al vapor Alcántara. Pero las conjeturas podrían llegar a tales extremos que sólo la sombra de la sospecha sobre él provocaría su cese. Alguien en su cargo jamás podía relacionarse, ni de lejos, con un caso de presunto suicido sin esclarecer.

Estaba decidido a desvelar el mensaje críptico del inglés pero a solas. Aunque el esfuerzo se presentía enorme contaba con el inmenso acicate de su curiosidad. No podía dejar que Crowley le ganara la partida.

Además ya contaba con algunas pistas. Desde que leyó el mensaje y echó un vistazo a los caracteres alfanuméricos que seguían a sus palabras los relacionó con el zodiaco que el ocultista se había trazado siguiendo su propia carta astral. A pesar de que en la contestación que recibió, Crowley reconocía el error en su horóscopo, Antero siempre creyó que este fallo no era involuntario.  Demasiado evidente para un astrólogo tan experimentado como él. El cambio en los pronósticos sobre su propia vida encerraba sin duda una intención. Un propósito determinado que incluso le llevó a dejar constancia de él por escrito y a publicarlo en la revista de ocultismo Orfeo para asegurarse de su difusión entre los lectores especializados. Si lograba dar con el significado del último mensaje la misteriosa desaparición quedaría aclarada.

“Hoy día 7 de octubre, el último día de mi vida en éste mundo y en espera de la nueva llamada ultraterrena para renacer, te escribo éstas palabras que no anegará el océano. Esto es lo que nunca dije pero que no va a esfumarse conmigo. Mil vidas repetidas persiguieron ésta clave y en todas ellas se alzó el reino del fracaso.”

Ésta era la parte legible, relativamente, de la nota que se encontró junto al cadáver de Aleister Crowley.

Antero estaba en lo cierto. Cuando a través del editor londinense de la revista le señaló su equivocación, Crowley supo que había encontrado en el portugués la última pieza que le faltaba para completar su delirante engranaje. El único motivo de su estancia en Lisboa era conocerlo. Asegurarse de que podía confiar en él. Antero sería el testigo de su proeza, su mensajero, el encargado de transmitir su triunfo. De legarle al mundo el asombro ante su última y definitiva aparición estelar después de haber borrado el tiempo.

La magia era la insólita y única destinataria de sus desvelos. La quimérica interlocutora a la que se dirigía en las dos notas que escribió durante aquellos días de 1930. La amó hasta el punto de morir en su nombre.

La peripecia tramada por Crowley consistía en provocarse la muerte lanzándose desde el acantilado en el límite de la carretera de la Boca do Inferno en Cascais y después emerger con la gallardía de un dios acuático. Cambiarse de traje, comprar algunos libros, encontrarse con Antero en la cafetería del Hotel Odeón, tomar café y licores. En definitiva, una vida posible tres días después de haber muerto.

Aquel encuentro en nada se diferenció de los anteriores.

Sin haberlo pretendido él era el único deudo de ésta herencia infinita. Y debía cumplir con su parte del trato: tal como exigía Crowley en su texto críptico dejaría constancia del prodigio.

La única condición es que no se podría desvelar nada de lo ocurrido hasta cuarenta años después de que muriera la persona capaz de interpretar la grandiosidad del legado de Aleister Crowley.

Antero Guimaraes, testigo privilegiado de este prodigio, falleció plácidamente al atardecer mientras contemplaba el paisaje interminable de La Alfama.

Hoy hace cuarenta años de su muerte.

(I Premio relatos cortos "Ciudad de Huelva" 2001)






lunes, 30 de noviembre de 2015

MAROSA DI GIORGIO

Árbol de magnolias

Árbol de magnolias,
te conocí el día primero de mi infancia,
a lo lejos te confundes con la abuela, de cerca, eres el aparador
de donde ella sacaba el almíbar y las tazas.
De ti bajaron los ladrones;
Melchor, Gaspar y Baltasar;
de ti bajaban los pastores y los gatos;
los pastores, enamorados como gatos,
los gatos, serios como hombres, con sus bigotes y sus ojos de enamorados
Esclava negra sosteniendo criaturitas, inmóviles, nacaradas.
Virgen María de velo negro,
de velo blanco, allá en el patio.
Eres la abuela, eres mamá, eres Marosa, todo eres, con tu
eterna
juventud, tu vejez eterna,
niña de Comunión, niña de novia,
niña de muerte.
De ti sacaban las estrellas como tazas,
las tazas como estrellas.
Estuvo oculto en tus ramos el Libro del Destino.
Te has quedado lejos, te has ido lejos.
Pero, voy retrocediendo hacia ti,
voy avanzando hacia ti.
Te veré en el cielo.
No puede ser la eternidad sin ti.

De "Los papeles salvajes" 1991


ROGELIO GUEDEA

debajo de su altura una gaviota

no sabiendo,
y dado que vuelve con su ortiga arrodillada
en un ojo,
que allá,
tras esto o aquello (oficinas, candelabros,
british english),
lejano pero aquí naciente,
el mar:
y no sabiendo -ni mucho menos,
ahora que escucha
recostado en un hombro:
La traviata,
el son cubano,
su bolero inminente,
que todo va en su tránsito de ser
y recomienza,
pero siempre mismo,
el mar:

todo y mientras tanto,
dado que pájaro o espuma,
dado que cae de cielo en cielo,
de país en país,
convertido, a veces,
en silencio de la piedra,
(y ya es bastante),
o mujer: y suficiente,
el mar:
oído en estas horas sin ventana,
cierto como el pie bajo su escombro.



FERNANDO PESSOA

El guardador de rebaños
 
Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.

Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos.

He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,
y yo siento pena sin querer,
igual que un dolor en el cuerpo.

¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?

Flor, me cogió el destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.
Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.
Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.

¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la 
que fue suya.

Paso y me quedo, como el Universo.

(*) Del heterónimo Alberto Caeiro


miércoles, 25 de noviembre de 2015

RAFA CORRECHER

Maltratada

El nombre de tu sexo en las paredes
decide nuevos mapas y arboledas
pero también conoce
ladrillos que se agrietan en los ojos;

hay sangre todavía
debajo de una lágrima,

espacios desplazándose
que acotan un camino de regreso.

Desnuda,
sentada en los peldaños de tu origen,
eres la tierra que renace
dorada por el sol como una espiga.




lunes, 16 de noviembre de 2015

RAYMOND CARVER

DOMINGO POR LA NOCHE

Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Tras las ventana, por ejemplo.
Este cigarrillo entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock and roll,
El ferrari rojo en el interior de la cabeza.
La mujer que anda a trompicones
Borracha por la cocina...
Coge todo eso,
Utilízalo.




Fotografía de Noell S. Osvald

BLANCA VARELA

Es fría la luz de la memoria
lo apenas entrevisto brilla
con insistencia
gira buscando el casco de botella
o el charco de lluvia

tras cualquier puerta que se abre
está la luna
tan grande y plana
tan fuera de lugar
como si de un cuadro se tratara
óleo sobre papel
endurecido por el tiempo

así cayeron en la mente
formas y colores
casualidades
azar que anuda sombras
vuelcos en la negra marmita
donde a borbotones
se cuecen gozo y espanto

crece el yeso de un cielo
mil veces lastimado
mil veces blanqueado
se borra el mundo y se vuelve
a escribir
hasta el último aliento

sólo esto
eternidad aparente
mísera astilla de luz en
la entraña
del animal
que apenas estuvo




domingo, 15 de noviembre de 2015

LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD

Los fanáticos tienen sus sueños, y con ellos intentan tejer un paraíso para una secta. 
Todos aquellos que no pertenecen a secta alguna, escogerían vivir, no en un paraíso, sino sobre la tierra, juntos.


lunes, 9 de noviembre de 2015

AMOS OZ

Es duro

Abre los ojos con las primeras luces. Las cadenas montañosas
parecen una mujer robusta y tranquila
durmiendo de lado después de una noche de amor.
Una suave brisa, satisfecha de sí misma,
mueve la tela de su tienda.
La hincha, la agita, como un vientre cálido. Sube y baja.

Con la punta de la lengua toca ahora
el hueco de la palma de su mano izquierda,
el punto más interno de la palma. Le da la sensación
de estar tocando un pezón suave, duro.



De "El mismo mar" pag. 25
Ediciones Siruela 1999
Traducción de Raquel García Lozano


domingo, 8 de noviembre de 2015

ESDRAS PARRA

Si el viento sopla más fuerte dentro de mi cabeza
 
Si el viento sopla más fuerte dentro de mi cabeza
si mi canto emana del torrente de las piedras
si los puños me atan las manos
y ya no puedo reconocer el fuego que cae del cielo
si alimento mi espinazo con carbones
y lo empujo en una sola dirección
si dejo que mis pies pisoteen su sombra
y el polvo llore a lágrima viva
ay si el silencio calla y la noche abre
una herida oscura en mi costado

dedos os he visto soñar.


sábado, 7 de noviembre de 2015

JOSEPH BRODSKY

Odiseo se dirige a Telémaco

Ahora que sé tanto de mi vida,
de las ciudades, de las prisiones y de las habitaciones
donde perdía la razón, sin volverme loco.
acerca de los mares en los que
me ahogaba y sobre aquellos
a quienes al final no retuve entre mis brazos,…
Ahora hubieses podido decir, suspirando:
“La suerte fue generosa con él”
y los sentados junto a la mesa
asentirían en silencio.

Cómo saberlo, es posible que tengas razón,
haz de agregar a mis otras virtudes: la presbicia.

Entonces, hace tantos años cuando jugábamos
en la acera cerca de la sala de cine
¿quién hubiera podido imaginar la distancia
que habría de abrirse,
más insalvable que la que queda
entre la cara o el sello de la moneda?

Nadie. El trivial gesto de despedida
con las manos, al final de la calle
se convirtió en primer signo de la ausencia:
por estas tierras forasteras el aire
recuerda con mucha frecuencia a una hoja de papel.
Y la lluvia arroja una sombra sobre las huellas.

Quién sabe, es posible que ahora
cuando escribo estas líneas, sentado
en una pequeña ciudad de ladrillos
en el centro de Norteamérica, tú camines
a lo largo de un edificio color mostaza
entre cuyas húmedas paredes
se consume una generación más
apretujándose en la mancha frambuesa,
gris y parda de un hemisferio clandestino.

En resumen: no pasó lo peor.
Lo peor sucede solamente
en las novelas y a los que son mejores que nosotros,
tanto, que los pierdes en el momento de verlos
y los ecos de sus tragedias
se confunden con el canto del huso.
Como el sonido de un aeroplano distante
con el zumbido de una abeja atrapada entre los pétalos.

Y no habremos de vernos, porque
físicamente hemos cambiado tanto.
De habernos encontrado, no seríamos nosotros,
sino aquello que hicieron con nuestra carne
los años que sólo tuvieron compasión de nuestros huesos,
y el perro no reconocería al recién llegado
ni por el olor ni por la cicatriz.

¿Dices que ha sido generosa la vida? Ah… sí,
las olas del mar son generosas con los troncos.
Pues bien, quien no se lamenta por la suerte
no es digno de ella. Pero si el tiempo
reconoce al final sus trabajos
en la nebulosidad de los recuerdos,
entonces, pienso que tu rostro
puede adornar perfectamente
un monumento de bronce, o en el fondo del bolsillo
servir de relieve para una moneda sin gastar.



miércoles, 4 de noviembre de 2015

PIER PAOLO PASOLINI

Balada del suicidio

¡Piedad, piedad! 
Vosotros me queréis 
muerta y enterrada: 
sin voz, 
sin gestos, 
sin rostro, 
sin vida... 
que no regrese 
decís vosotros – nunca más 
la locura que ella fue, 
aquí ¡entre nosotros! 
¡Piedad, piedad! 
Gente feliz 
vosotros me esperáis: 
ahorcada, 
ahogada, 
incendiada, 
destrozada... 
¿Qué hace ahí 
decís vosotros – si da 
sólo rabia, y lo sabe, 
aquí entre nosotros? 

¡Piedad, piedad! 
Gente de bien, 
vosotros me teméis: 
en mi amor, 
en mi vicio, 
en mi ardor, 
en mi odio... 
¿Por qué vive 
-decís vosotros – aquí abajo 
pecadora y tabú, 
aquí entre nosotros? 

¡Piedad piedad! 
Gente normal, 
me condenáis: 
a temblar, 
a odiar, 
a ocultarme, 
a desaparecer... 
El que es diferente 
decís vosotros – no puede 
quedarse ni un poco 
¡aquí entre nosotros! 

¡Piedad, piedad! 
Gente en el poder, 
vosotros me amenazáis: 
con la detención, 
con la celda, 
con la picota, 
con la hoguera... 
La pasión 
- decís vosotros- no da 
más que molestias y ansiedad 
¡aquí entre nosotros! 

¡Piedad, piedad! 
Parecía eterno 
mi destino: 
de hablar, 
de cantar, 
de gozar, 
de pecar... 
Pero sí, pero ¡sí! 
Para mi se acabó, 
quedáos tranquilos... 
Entro en la sombra, 
os dejo el mundo...