viernes, 26 de junio de 2015

ANNA AJMÁTOVA

EPÍLOGO

I


He aprendido cómo se hunde los rostros,
cómo bajo los párpados late el miedo
cómo surca el sufrimiento las mejillas
con trazo rígido de signos cuneiformes;
cómo los negros rizos y los rizos de oro
de repente se vuelven pálida plata,
cómo huye del labio dulce la sonrisa
y en la risita seca halla eco de terror.
Si ruego, no sólo es por mí: ruego
por todas nosotras, hermanas -en la desdicha- mías,
en el frío feroz y en el ardor de julio,
al pie de los muros rojos que permanecieron sordos.






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