jueves, 17 de septiembre de 2015

TRINIDAD GAN

INVENTARIO DE AVES

Acaba el día.
Un hombre en la trastienda del negocio
hace inventario de aves.
Calcula el gasto en jaulas y alimento.
En columnas registra alas rotas
y cuerpos de los pájaros
que, cruzando el océano, vinieron
a morir en la arena de sus puertas.
Cerrada las estadística,
anota finalmente su margen de ganancia
y, tras el parapeto del cristal,
contempla ensimismado el cielo,
las bandadas ruidosas que lo cruzan.

Dulcemente atardecen las calles europeas.
Pero, ¿y si enmudecieran los pájaros del golpe,
si caen al asfalto ya cansados
de sus audaces fintas en el aire,
hartos de poner gritos al ocaso extranjero,
de rastrillar las nubes en busca de esperanza?

Una sombra oscurece la ventana.
Se ha levantado un viento de tormenta.
Brillan sobra la acera pájaros fulminados
por la última luz del paraíso,
ahogados con la cuerda de campanas
que mentían la costa entre la niebla,
mordidos por las fauces que anticipan
la noche y su silencio.

Tras apagar las luces de la tienda
y arrojar -humo negro- los despojos
al vertedero frío de un libro de balances,
el hombre, escapando de la lluvia,
camina hacia su casa
y, al doblar una esquina,
con gesto distraído sacude de sus manos
un polvo de cadáveres.





Fotografía: Mario Tejedor.

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