ROSARIO RARO LÓPEZ

Carretera da Boca do Inferno

Cuando Antero Guimaraes rondaba los cincuenta años se aficionó al esoterismo. Esta curiosidad súbita le hizo el favor ingente de sacarlo un poco de sí mismo y aligerarle la rutina cotidiana de su trabajo en el Servicio Nacional de Aduanas de Portugal. Él mismo, sin la colaboración de ninguna escuela ni mentor, se otorgó el título de doctor en Astrología. Lo grabó en una placa dorada que colocó a la entrada del portal de su edificio y se sentó a esperar.

Al principio, dibujar las cartas astrales de sus amores imposibles o inventarles una vida sobre el tarot a sus vecinos fue sólo un juego, una distracción sin mayor trascendencia salvo que le hizo reparar en los otros; en las vidas de alrededor, tan pequeñas como la suya. Observaba sus reacciones y biografías con la avidez de un entomólogo. Y sus tardes ya no estaban vacías sino compartidas entre cafés. Escuchaba los deseos de los demás e intentaba convertirlos en realidades mediante la orientación de su ciencia recién inaugurada. Entonces no sospechaba que los nuevos saberes le abocarían a encontrarse en circunstancias nunca imaginadas.

Sus visitantes peregrinaban hasta él sin conocer nada más que su nombre. Sólo aceptó regalos, nunca cobró honorarios por su buena fe y en esto pesaba más su vena filantrópica que el temor al fisco.

Uno de sus momentos preferidos de cada mes era la llegada del ejemplar de Orfeo; la revista especializada a la que se suscribió y que analizaba al milímetro. Gozaba descubriendo detalles insustanciales en sus pocas fotografías o en las notas a pie de página que parecían escritas para pulgas. En una de sus atentas y metódicas sesiones de lectura descubrió una errata en un artículo que publicaba Aleister Crowley, el conocido ocultista inglés, sobre un horóscopo que se trazó a si mismo. A la luz de su sabiduría incipiente, a Antero le pareció que los parámetros estaban mal establecidos. Inmediatamente le hizo llegar una carta a través del editor londinense de Orfeo, para advertirle de las inexactitudes. Con esto consideró que todo quedaría en su lugar.

Pero lo cierto es que pasadas unas semanas no se sintió, ni mucho menos, complacido cuando recibió la contestación de Aleister Crowley. Éste le daba la razón pero además le proponía continuar con el intercambio epistolar. Aunque le halagaba poder escribirse con alguien tan famoso, Antero recelaba de Crowley porque practicaba la magia negra o demoníaca. Lo llenaba de terror pensar en este tipo de prácticas y en sus consecuencias. Desde el principio Antero se hizo el propósito de eliminar de sus quehaceres cualquier derrotero maléfico. Sus pesquisas por los caminos herméticos siempre deberían conducirle a aumentar su espiritualidad y no a depravarse.

De todas formas no estaba obligado a mantener ningún contacto personal con él. Era pronto pero en unas semanas podría advertirle de sus límites.
Muchas veces en el inadecuado paisaje de su despacho del Servicio Nacional de Aduanas releía las cartas de Crowley. Intentaba vislumbrar a través de las palabras, oscuras intenciones. Pero cuando aquellas líneas desaparecían de su vista la existencia del inglés se volvía increíble, quedaba en un territorio limítrofe con la realidad. Las guardaba junto con los números de Orfeo como un apartado más de su colección de literatura esotérica.
Hasta que en la última Aleister Crowley le anunció que aprovecharía una visita laboral a Portugal para conocer a su “estimado amigo lusitano”. Parecía decidido y a Antero no se le ocurría ninguna excusa coherente para evitar el encuentro. El pánico le paralizó la imaginación.

Aficionado a la economía en la medida en que su puesto se lo exigía, Antero tuvo noticias del escándalo financiero que supuso la quiebra de Mandrake Press. Editorial londinense que casualmente publicaba los libros de ocultismo de Aleister Crowley. Esto le hizo suponer que quizás el verdadero motivo “laboral” por el que viajaba a Portugal no era otro que ponerse a salvo de la catástrofe desencadenada por el hundimiento de la casa editora.

La visita tal vez no fuera más que un mero divertimento para Crowley. Esto inquietaba a Antero hasta el punto de que hubiera preferido su ingratitud sobre el asunto del zodiaco. Su solicitud anglosajona en todo momento y la frecuencia de sus cartas le hicieron albergar terribles sospechas.  

El caso es que sin pretenderlo en lo más mínimo, en aquel año de 1930 Antero jugó un relevante -aunque secreto- papel durante el episodio novelesco en que se convirtió la extraña estancia del inglés en Lisboa. Cuando Crowley se encontraba en uno de los momentos más críticos de su vida: arruinado y deseoso de iniciar un proceso de divorcio cuanto antes que lo librara de una esposa a la que sentía desde hacía varias décadas como un lastre heredado de su pasado anónimo.

A pesar de que Antero no contestó a sus intenciones y pretextó un viaje precipitado a Madeira, a los pocos días entrevió por las rendijas del buzón la inconfundible caligrafía negra y decidida que le informaba de la fecha de llegada de su barco. Tal vez las dotes adivinatorias de Crowley no eran del todo leyenda y sabía que le mentía.

Antero deseó vehementemente que su visitante no pudiese acercarse a él de ninguna manera. Y lo intentó; mandó un telegrama al puerto de Vigo denegándole al vapor Alcántara el permiso para atracar en el muelle de Lisboa. Alegó que los dársenas estaban desbordados y era imposible el almacenamiento de su carga. Fortaleció la excusa con su firma. Al Alcántara no le quedaría otra alternativa que zarpar rumbo a Costa de Marfil, sin detenerse en Portugal. De lo contrario su cargamento le sería decomisado. La amenaza fue efectiva para desviar al barco de las costas portuguesas.

Pero Aleister Crowley llegó: el 1 de septiembre el Vasconcelos arribó al puerto de la Roca del Conde de Obidos. Una espesa niebla, insólita en aquella época, que había caído súbitamente sobre Finisterre, lo retuvo en Vigo cuando iba a largar.  Por petición expresa de su capitán, se hizo cargo de los pasajeros del otro vapor que tenían como destino Lisboa.

Desde la ventana de su oficina, Antero observaba con indiferencia como descendía el pasaje del Vasconcelos. En el puerto no había ni rastro del Alcántara. Se sorprendió de la inusitada habilidad con que desvió el inconveniente. La travesura, primera y única en su vida, no tendría ninguna consecuencia importante para el Servicio Nacional de Aduanas.

Pero de repente su ánimo se alborotó cuando escuchó una imprecación en inglés. Ya en tierra, y envuelto por el frío vio avanzar a un hombre extraordinariamente alto, de anchas espaldas, envuelto en una capa negra. Sus ojos eran al mismo tiempo maliciosos y seductores. Con una sonrisa radiante y poderosa, Crowley agradecía al cielo el favor de enviarle la niebla. Lo acompañaba su amante de turno, una alemana que constaba en el registro con el nombre de Leni Blumenstal. En la misma tarjeta de inmigración anotaron que se hospedarían en un antiguo hotel de La Alfama.

La tarde siguiente, Antero recibió un telegrama. Crowley le contaba sobre su retraso lo que él ya sabía y lo citaba en una céntrica cafetería. De nuevo se vio acorralado. Ingenuamente había firmado el acuse de recibo por lo que no le quedaba otra alternativa que acudir a su encuentro.

Pese a sus temores todo resultó mucho mejor de lo que esperaba. Crowley era afable, educado y un magnífico conversador. Sus anécdotas eran chispeantes y entrañables a la vez. Le sorprendió su humanidad, su trato amable con todos, su sosiego, la sabiduría que desprendían sus gestos, su capacidad casi infantil para ilusionarse. No sólo los unía el esoterismo.

Sorprendentemente, era Antero quien provocaba que los encuentros se celebraran con asiduidad. En cuanto bajó la guardia y olvidó sus recelos, disfrutó mucho con su compañía.

Una tarde que llegó con bastante anticipación a la cita de la cafetería Odeón conversó con el recepcionista sobre su nuevo amigo inglés. Pidió al camarero un Campari y se entretuvo ojeando Noticias Ilustrado. Nada nuevo, salvo una nota pintoresca sobre el hallazgo de un ahogado con los ojos abiertos entre las redes de un pescador en el acantilado de la Boca do Inferno en Cascais, ciudad marítima próxima a Lisboa. Eran apenas diez líneas, una noticia difusa en espera de la identificación del cadáver y sus objetos personales: una carta y una pitillera. Mientras estaba distraído con estos detalles apareció Crowley exultante: vestía un traje nuevo, sin duda confeccionado a medida porque el corte era impecable, el chaleco tenía los botones de nácar. Dejó sobre la mesa varios libros de poesía portuguesa que acababa de comprar, y le recitó entre carcajadas y de forma muy teatral un par de octavas de Os Lusiadas. Bebieron hasta que el atardecer se volvió dorado y rotundo. Y en aquellos instantes Antero tuvo la revelación de que nunca podría prescindir de la vitalidad de Crowley, mientras éste le decía que debían despedirse, de momento, porque se sentía celoso de la distancia entre su boca y los labios de Leni que ya se hallaría ataviada como una emperatriz esperándolo en la habitación. Los versos recién encontrados impregnaron la expresión del inglés con ciertos matices muy portugueses.

Se estrecharon las manos, Crowley lo acercó y le palmeó la espalda con generosa sinceridad.

Cada jornada, en el mismo recuadro, de la misma página del periódico la historia del ahogado se ampliaba con nuevos datos. A Antero, le gustó el texto de la carta que se encontró junto al cadáver: “No puedo vivir sin ti. La otra Boca do Inferno me agarrará, no será tan caliente como la tuya”. El tono delirante tenía cierto encanto, a pesar de que a primera vista parecía una declaración de amor, unas líneas escritas a una mujer.

Una mañana, mientras Antero se entretenía cavilando sobre el caso del misterioso suicida, sonó el teléfono y se encontró con la voz angustiada y de inconfundible acento germano de Leni Blumenstal que le solicitaba su ayuda para localizar a Aleister Crowley. El recepcionista no lo había visto atravesar la puerta giratoria del vestíbulo del hotel de La Alfama, desde la tarde en que se había encontrado con Antero. Pero lo cierto es que su amante no aparecía. Antero comprobó en los registros que el ocultista no había cruzado la frontera. Pero fue inútil cuánto hizo la policía por dar con él, una vez que Leni Blumenstal denunció la desaparición.

Junto con la desazón que le producía pensar en la suerte que habría corrido su amigo, Antero tenía ocupada la mente también con el paisaje paralelo de la Carretera de la Boca do Inferno en Cascais. La noticia de un ahogado desconocido era exótica dentro de la pequeña comunidad de pescadores. En un rastreo minucioso la policía encontró otra carta entre unos matorrales que contenía también su documentación.

“Hoy día 7 de octubre, el último día de mi vida en éste mundo y en espera de la nueva llamada ultraterrena para renacer, te escribo las palabras que no anegará el océano. Esto es lo que nunca te dije pero que no va a esfumarse conmigo. Mil vidas repetidas persiguieron ésta clave y en todas se alzó el reino del fracaso”.

A continuación seguía un extraño código escrito en caracteres alfanuméricos y evidentemente indescifrables para la policía.

No necesitó leer los datos personales porque conocía demasiado bien el estilo. Un sudor congelado comenzó a mojar el pavor desconocido que envolvió a Antero. Reconoció el rostro de la fotografía y se abalanzó con un salvajismo inédito sobre las páginas centrales donde se reproducía el mensaje completo. La clave misteriosa no le intrigó nada, seguro de que en unos cuantos ratos de estudio sería capaz de aclarar su sentido. Pero algo lo desconcertaba terriblemente. Abrió con furia su agenda. Aleister Crowley murió el siete de octubre, instantes después de escribir aquellas líneas absurdas, muy en su estilo hermético que ocultaba un vacío enorme.

Antero tuvo que sentarse, las piernas no le sostenían. En una especie de delirio frenético le vino a la cabeza la cafetería del hotel Odeón donde tuvieron lugar todos sus encuentros, las vidrieras mitológicas, las carcajadas compartidas con él, el recato o la timidez de Leni Blumental tomando un licor azul detrás de una cortina de cuentas de cristal, siempre a distancia, sólo cerca del inglés en la habitación del hotel. La barra de azulejos, las cuantiosas propinas de aquel arruinado que se negaba a serlo. Todo enmarcado por los espléndidos y amarillos atardeceres de fuego del barrio de La Alfama sin más horizonte que el Atlántico y las costas de Brasil.

Bajo los ojos de Antero, sobre la mesa de su despacho del Servicio Nacional de Aduanas, su agenda revelaba certera la fecha de su último encuentro con Aleister Crowley: 10 de octubre de 1930.

Mientras el juez ordenaba el levantamiento y los periodistas lo fotografiaban con sus cámaras enormes Antero lo tenía sentado frente a él en la cafetería del hotel Odeón, recitando octavas y riendo a carcajadas con su traje nuevo de botones de nácar. Aquella misma tarde, en la que con el sabor del Campari en los labios ya leyó la noticia difusa del ahogado de identidad desconocida mientras esperaba la llegada de Crowley.

Por el cariz de la nota la policía pensó en un suicidio pasional. Aunque esta posibilidad aplicada a él se volvía insólita ya que en multitud de ocasiones había declarado que él amor no era más que una bagatela y un entretenimiento. Aleister Crowley nunca amó a nadie. Convencido de su inmortalidad le parecía una incoherencia prestar una atención que fuera más allá de lo puramente carnal a nadie.  

Se planteó también la hipótesis de un crimen; pero el inglés no tenía enemigos en Portugal. Sólo un amigo, pero de esta relación sólo sabían las cartas que Antero guardaba bajo siete llaves en espera de poder quemarlas en la mejor oportunidad. La ruina de la editorial Mandrake Press tan sólo había afectado de forma irreversible a su socio, un octogenario tan falto de energía y de voluntad que solo se desempeñaba como garante de las publicaciones. Incapaz de maquinar un asesinato, sin las fuerzas suficientes siquiera como para buscar un autor material. Esta vía de investigación también fue descartada pronto.

En último lugar se optó por creer en una simulación urdida por el ocultista. El periodista Itamar Camoens fue el primero en dar pábulo a ésta teoría. Contó en un reportaje aparecido en Noticias Ilustrado que Crowley predestinado a vivir varias vidas había comenzado su hazaña ya en la tierra inventándose las más variadas identidades y haciéndose pasar por multitud de personajes en ocasiones anteriores. Remataba el artículo diciendo: “Todos llevamos muchedumbres dentro de nosotros”. Lapidario punto y final que contentó a todos, aunque no esclareció nada sobre su muerte.  Daba algunas notas pintorescas sobre su biografía pero la historia de los últimos momentos en la carretera de la Boca do Inferno quedaba sin resolver. De todas formas, el caso se dio por cerrado sin que esto importara lo más mínimo.


Antero comprobó en las fichas de la policía de Aduanas que la amante alemana de Crowley, tal como él esperaba, había emprendido el viaje de regreso tras haber sido requerida por la policía para identificar la pitillera y dejar constancia de que la carta respondía a su caligrafía. Seguramente desconsolada por la pérdida de alguien tan singular. Pero sin referir una sola palabra sobre Antero Guimaraes, tal vez porque sus encuentros nunca los juzgó relevantes. Nadie se ocupó tampoco del recepcionista, ni de averigüar si el empleado del hotel había caído en la cuenta de que el mismo hombre ahogado en Cascais traspasaba elegantemente el umbral giratorio del vestíbulo a los tres días de su muerte. Eliminada la posibilidad de que estos dos testigos añadieran cualquier información de última hora, Antero decidió borrar de su vida cualquier detalle que diera cuenta de su relación con el inglés. Si ésta llegaba a hacerse pública se desataría el escándalo. La implicación en el caso del jefe del Servicio Nacional de Aduanas daría alas a todo tipo de especulaciones, interrogatorios, acusaciones de falsificar partes o incluso contrabando. Cambiar las fechas de atraque de los barcos era uno de los recursos comunes entre los funcionarios corruptos para poder descargar mercancías sin vigilancia, antes de que la llegada oficial de los cargueros se produjese. Evidentemente Antero estaba fuera de toda culpa. En sus largos años de dedicación ejemplar tan sólo desvió de su ruta al vapor Alcántara. Pero las conjeturas podrían llegar a tales extremos que sólo la sombra de la sospecha sobre él provocaría su cese. Alguien en su cargo jamás podía relacionarse, ni de lejos, con un caso de presunto suicido sin esclarecer.

Estaba decidido a desvelar el mensaje críptico del inglés pero a solas. Aunque el esfuerzo se presentía enorme contaba con el inmenso acicate de su curiosidad. No podía dejar que Crowley le ganara la partida.

Además ya contaba con algunas pistas. Desde que leyó el mensaje y echó un vistazo a los caracteres alfanuméricos que seguían a sus palabras los relacionó con el zodiaco que el ocultista se había trazado siguiendo su propia carta astral. A pesar de que en la contestación que recibió, Crowley reconocía el error en su horóscopo, Antero siempre creyó que este fallo no era involuntario.  Demasiado evidente para un astrólogo tan experimentado como él. El cambio en los pronósticos sobre su propia vida encerraba sin duda una intención. Un propósito determinado que incluso le llevó a dejar constancia de él por escrito y a publicarlo en la revista de ocultismo Orfeo para asegurarse de su difusión entre los lectores especializados. Si lograba dar con el significado del último mensaje la misteriosa desaparición quedaría aclarada.

“Hoy día 7 de octubre, el último día de mi vida en éste mundo y en espera de la nueva llamada ultraterrena para renacer, te escribo éstas palabras que no anegará el océano. Esto es lo que nunca dije pero que no va a esfumarse conmigo. Mil vidas repetidas persiguieron ésta clave y en todas ellas se alzó el reino del fracaso.”

Ésta era la parte legible, relativamente, de la nota que se encontró junto al cadáver de Aleister Crowley.

Antero estaba en lo cierto. Cuando a través del editor londinense de la revista le señaló su equivocación, Crowley supo que había encontrado en el portugués la última pieza que le faltaba para completar su delirante engranaje. El único motivo de su estancia en Lisboa era conocerlo. Asegurarse de que podía confiar en él. Antero sería el testigo de su proeza, su mensajero, el encargado de transmitir su triunfo. De legarle al mundo el asombro ante su última y definitiva aparición estelar después de haber borrado el tiempo.

La magia era la insólita y única destinataria de sus desvelos. La quimérica interlocutora a la que se dirigía en las dos notas que escribió durante aquellos días de 1930. La amó hasta el punto de morir en su nombre.

La peripecia tramada por Crowley consistía en provocarse la muerte lanzándose desde el acantilado en el límite de la carretera de la Boca do Inferno en Cascais y después emerger con la gallardía de un dios acuático. Cambiarse de traje, comprar algunos libros, encontrarse con Antero en la cafetería del Hotel Odeón, tomar café y licores. En definitiva, una vida posible tres días después de haber muerto.

Aquel encuentro en nada se diferenció de los anteriores.

Sin haberlo pretendido él era el único deudo de ésta herencia infinita. Y debía cumplir con su parte del trato: tal como exigía Crowley en su texto críptico dejaría constancia del prodigio.

La única condición es que no se podría desvelar nada de lo ocurrido hasta cuarenta años después de que muriera la persona capaz de interpretar la grandiosidad del legado de Aleister Crowley.

Antero Guimaraes, testigo privilegiado de este prodigio, falleció plácidamente al atardecer mientras contemplaba el paisaje interminable de La Alfama.

Hoy hace cuarenta años de su muerte.

(I Premio relatos cortos "Ciudad de Huelva" 2001)






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