viernes, 29 de abril de 2016

JORGE GIMENO

Llegará el día, Dios tendrá que oírme,
como yo oigo a los grajos
y su estulticia de bronce en el atardecer.

Declina el tiempo responsabilidades,
excepto la de estar a punto de volverme loco,
la del convicto movimiento de mi diafragma,
que canta y come y me cree vivo.

(No es que pasen los años
con su camisa de fuerza
que lacios los miembros
ya no logran romper...)

Creo saber que me he perdido,
en la boca un gusto a pomelo,
en el ojo la compañía daltónica de una buganvilla.

La poesía exige un exceso de determinación,
demasiada para la pobre mónada humana...

Por ello sólo cuando se rompe, rota, hecha añicos,
sólo entonces trasluce, y aún así
por medio de un saber.

Es ley de locos.

(de Espíritu a Saltos, 2003)


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