ROBINSON JEFFERS

Halcón herido

I

El pilar astillado del ala es una muesca en el hombro maltrecho,
el ala cuelga como un pendón caído
y ya no puede usar el cielo eternamente, sólo vivir con hambre
y dolor unos días. Ni gatos ni coyotes
abreviarán el tiempo de espera de la muerte, su captura sin garras.
Apostado en mitad del encinar, espera
al animal tullido que lo salve; o vuela de noche en un sueño
recordando la libertad; despertar es su ruina.
Es fuerte y el suplicio es peor para los fuertes, la impotencia es peor.
Los sabuesos del día llegan y lo atormentan
desde lejos, nadie sino la muerte redentora humillará ese cráneo,
la intrépida destreza, las terribles pupilas.
El Dios salvaje del mundo es compasivo a veces con aquellos
que piden compasión, no con los arrogantes.
Vosotros no le conoceréis, gentes de la comunidad, o le habéis olvidado;
inclemente y brutal, el halcón le recuerda;
bello y salvaje, los halcones y moribundos le recuerdan.

II

Antes mataría a un hombre que a un halcón, salvo por el castigo;
                                                                                  pero al gran ratonero
no le queda sino el dolor inhábil
de su hueso quebrado, irreparable, el ala que al moverse
                                                                              se mecía bajo sus garras.
Lo cebamos durante seis semanas, le di la libertad,
vagó por la región del promontorio y a la noche volvió suplicando morir,
no como un pordiosero, sino con la soberbia despiadada
de sus viejas pupilas. El regalo de plomo llego al atardecer.
                                                                                            Cayó tranquilo,
mullido con un búho, con suaves plumas femeninas; más lo que
ascendió planeando: esa feroz urgencia: los martinetes
                       junto al río desbocado gritaron de temor mientras se levantaba
hasta desenfundarse casi del todo de la realidad.

Traducción: Jordi Doce.


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