miércoles, 23 de marzo de 2016

CHARLES WRIGHT

Notas equivocadas

Dar vida al cielo de la noche,
                                         tocar la nota equivocada a veces,
un poco para el oído atento, otro par el ojo avizor.
Aquí arriba, más al norte de las montaña Cabinet,
                                                                                        la Osa Mayor
parece más cerca de mí que el equinoccio, o brilla ya   enjuagada
en el arroyo que huye hacia otra parte y que se sume en la                                                                               maleza oscurecida.

Igual con el paisaje.
                                    El prado, por ejemplo,
tiene dos arroyos que lo cruzan;
se juntan hasta hacerse uno aproximadamente a la mitad.
He aquí el rielar de las escamas y el relampagueo
que encona la luz última,
                                 y prende hogueras en la luna y sus escorias.

En otras ocasiones, parece invisible, o lo parecen,
se mueve lento en ráfagas oscuras
                                    entre las presas que levantan los castores,
cebándose en la sombra del abeto y en la sombra del sauce.
Sobre sus márgenes los ciervos pastan,
                                                           dos coyotes acechan y saltan,
y las nubes van formando sus rebaños como vacas mutiladas.

¿Y esto qué importa?
                           No mucho, a no ser que tú seas uno de los que,
como yo, oye una música en esas cosas, cree,
cuando se pone el sol, o las estrellas,
que la música que están tocando es su canción favorita,
que los instrumentos del mundo heredado
                                                                              tocan sólo para él.

Traducción: Carlos Jiménez Arribas


martes, 22 de marzo de 2016

ANTONIO MACHADO

De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.


El río va recorriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza.


Tienen la vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.


Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.


El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.

La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.


Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos...
¡Ay, ya no puedo caminar con ella! 





martes, 15 de marzo de 2016

RAFA CORRECHER


Postal con árbol y estación de tren

Una bolsa de plástico 
es otro pájaro perdido;

Y entre los huesos
del árbol
hay una plaza

-la imaginación es como un berbiquí,
una bandera blanca
tendida en los raíles
que oscilan bajo el peso
repetido
de las ruedas.

Vuelvo a mirar el árbol
y el gris de su corteza
es un punzón,
rompe bloques de hielo:

me salpican
fragmentos de memoria congelada.



JAVIER EGEA

Paseo de los tristes

Entonces,
                     en aquella ciudad
o en la intuición primera, vaga, de su cuerpo,
el pensamiento aún flotaba en bucólicos careos,
en versos aprendidos sin historia
y no era posible amar
entre unas calles donde todo era sucio,
carne sin brillo,
cuando aún en el mar, la nube y las espigas
sin historia y sin tiempo, vanos,
estábamos durmiendo
                                              o ignorando
esa gota de sangre que cuelga del amor
-su blanco cuello herido-,
ignorando la clase oscura en que nacimos,
sin consciencia de naves hundidas,
de rubios náufragos,
condenados a vivir una historia perdida
de explotación y soledad, de muerte enamorada,
sin saberlo.

Y sin embargo,
entre los autobuses, el gentío,
en la dulce ignorancia,
fue creciendo una luz
que nos hizo sentir un crujido brillante
después que allí, en la sórdida pensión
donde siempre se asilan viajeros sin destino,
gentes oscuras,
en un lugar sin esperanza,
dos cuerpos se sintieron indefensos
sudando en el asombro de la primera felicidad.




jueves, 3 de marzo de 2016

MAR BUSQUETS MATAIX

I.

La sed irrumpe en el paisaje

-espera silenciosa
cuando se abre en luz
o en pálpito

y avanza
más allá del tiempo,
en sus brotes

y las raíces callan.

II.

Aprendí a pasar por la vida
como hoja de árbol,
sobrevolando
la superficie de las cosas,
tiempo
curva
sin final,
elipse
que  nos toma:

el vértigo o sus alas.




Fotografía: Agustín González Hernández "Testigo de la Brisa”.